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Encyclopedia of Exploration Vol I: review (click here to return to list of reviews)

El Mercurio  Santiago de Chile – Artes y Lettres 2006
Review by Patricio Tapia

TERRA COGNITA

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Desde la distinción formulada en la novela El cielo protector, de Paul Bowles, ya nadie quiere ser turista, sino viajero. Es decir, alguien que "no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud durante años de un punto a otro de la tierra" y al que "le hubiera sido difícil decir en cuál de los muchos lugares donde había vivido se había sentido más a sus anchas". Y se agrega: "otra importante diferencia entre el turista y el viajero es que el primero acepta su civilización sin cuestionarla; no así el viajero, que la compara con las otras y rechaza los aspectos que no le gustan".
Resulta que durante gran parte de la historia humana el viajero, si bien se desplazó con lentitud, ciertamente perteneció al lugar desde donde partió, no se sintió ni remotamente a sus anchas en aquellos a los que llegó y no sólo aceptaba su civilización sino que intentaba imponerla.
Quizá es por lo anterior que Paul Fussell ha venido diferenciando entre exploración, viaje y turismo, vinculándolos, respectivamente, con el Renacimiento, la época burguesa y el momento proletario. "Si el explorador se mueve hacia los riesgos de lo informe y lo desconocido, el turista lo hace hacia la seguridad del puro cliché. Es entre estos dos polos que media el viajero".
Desde luego, nada de esto preocupa a Raymond John Howgego. En su Enciclopedia de la exploración, de hecho, ni siquiera señala qué entiende por tal ni tampoco las características definitorias de los exploradores o viajeros, que son, a fin de cuentas, la unidad básica del libro. Según su autor, éste pretende ser un catálogo de expediciones, viajes y travesías, más que un diccionario biográfico de viajeros, sin embargo, salvo algunas entradas temáticas, es el orden alfabético de sus nombres el que determina los apartados. Unos cuantos artículos sobre grandes regiones o períodos históricos —al igual que algunos mapas o ilustraciones— habrían enriquecido la obra, aunque, claro, también habrían aumentado su extensión y precio.
La línea divisoria entre los volúmenes de la enciclopedia es el año 1800: hasta ese momento llega el primero y desde entonces hasta 1850 cubre el segundo. Ahora, si el primer tomo destaca por su inclusividad, el segundo es mucho más selectivo. ¿La razón? Simplemente porque demasiada gente viajaba por el mundo entonces. Howgego señala en el tomo segundo que allí decidió omitir los viajeros que no fueron más allá del borde oriental del Asia Menor, Siria y Palestina o el lado occidental del Mar Caspio. También excluye los viajeros a la costa mediterránea del norte de África (aunque hay un artículo sobre los turistas y arqueólogos en Egipto y Tierra Santa). De esta suerte, en el volumen primero están todos los nombres esperados. Desde luego los más afamados: Marco Polo, Colón, Vespucio, James Cook, Magallanes, Francis Drake, Bouganville, Vasco da Gama. También los sólo un poco menos célebres: Lord Anson, William Dampier, el sufrido Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Walter Raleigh, Malaspina. Y, por cierto, muchos otros desconocidos.
Quizá si una forma de medir la acuciosidad del libro esté en cotejar sus datos con monografías específicas. Por ejemplo, con el libro Travel and Ethnology in the Renaissance (2000) de Joan-Pau Rubiés que analiza los relatos de viajeros europeos en el sur de la India por casi cuatro siglos, desde Marco Polo en el siglo XIII hasta Pietro de la Valle a comienzos del siglo XVII, pasando por figuras más o menos conocidas como Nicoló de Conti, Duarte Barbosa, Domingo Paes, Fernão Nunes y Roberto de Nobili hasta otras desatendidas como Ludovico de Varthema o Antonio Rubino. O bien con los trabajos de Olivia Remie Constable sobre las "residenciales" mediterráneas en la antigüedad tardía y el medioevo, donde menciona a viajeros como los musulmanes Ibn Jubair (siglo XII) e Ibn Hawqal (siglo XIII) o al italiano Lionardo di Niccoló Frescobaldi (siglo XIV). Todos los anteriormente mencionados figuran en la Enciclopedia, aunque, en todo caso, no lo hace el viajero flamenco, referido por Constable, Joos van Ghistele (siglo XV).
Claro que es dudosa la condición de "explorador" para ciertos nombres. Hay, por ejemplo, artículos sobre compiladores de literatura de viajes que nunca viajaron como Giambattista Ramusio, Richard Hakluyt o Samuel Purchas. Más razonablemente, también hay una entrada sobre el infante de Portugal Enrique el Navegante, que, a pesar de su nombre, alentó e impulsó la navegación en el siglo XV pero que apenas la practicó. Al pasar, cabe señalar que allí se menciona la idea de una "escuela de Sagres" como centro científico y cartográfico, bajo la protección del infante, pero que en realidad no existió, como demuestra la biografía sobre él escrita por Peter Russell (2000).
Otro motivo de la división de los tomos en el año 1800 lo indicó su autor en la Introducción al primero: en la segunda mitad del siglo XVIII se produce el traspaso de lo fabuloso a favor de lo científico. Siendo así, el lugar propio para la entrada sobre viajes ficticios, es el volume primero. Allí figuran, entre otras, obras de Cervantes, Defoe, Swift, Montesquieu o la de James Burgh sobre la Ciudad de los Césares en Chile (1764), pero no aparece la muy leída Peregrinación de Fernão Mendes Pinto (1614) ni tiene entrada propia, como sí la tiene John de Mandeville y sus Viajes del siglo XIV.
La Ilustración tendió a exagerar las diferencias entre lo premoderno y lo moderno. Se pensó que los viajes de la antigüedad y la Edad Media evocaban lo extraño y lo fabuloso, o derechamente la mentira; mientras que los de fines del siglo XVII recopilaban hechos más que maravillas (Dampier suele disminuir el relato de prodigios anticipando una objetividad científica).
¿Son tan fantasiosos los viajes antigüos y medievales? Veamos. En el siglo IV a.C. el marino griego Piteas navegó por el Mediterráneo para comerciar; pero luego cruzó el estrecho de Gibraltar, siguió hacia lo que sería Gran Bretaña, llegó a las islas Orcadas y las Shetland y finalmente descubrió una lejana tierra a la que llamó Tule (que, al parecer, sería Islandia). Piteas regresó a través de mares congelados y bravíos y escribió su viaje que por siglos fue considerado un embuste. Claro que más tarde, en el año 516, el abad irlandés San Borondón (o Brendan o Brandan) de Clonfort partió en un barco con setenta monjes para buscar el Paraíso. Arribó, tras largo viaje, a un mar lleno de islas. Los monjes decidieron celebrar una misa en una de ellas que resultó ser una ballena. Y así nació la leyenda de la isla errante en el Océano Atlántico.
En todo caso, muchos viajeros parecen personajes de ficción, incluso cerca o pasado el siglo XVIII. El misionero John Evans exploró hacia 1790 el río Missouri bajo las órdenes de la corona española, buscando también la legendaria tribu de indios galeses descendientes de Madoc. Y el caminante británico John Dundas Cochrane, entre 1820 y 1823, viajó a pie desde París, atravesando Rusia hasta llegar a la costa siberiana en el Pacífico.
El libro tiene algunos sesgos. Por una parte, se centra en viajeros europeos, aunque incluye varios árabes (no sólo el más famoso de ellos, Ibn Battuta) y también egipcios o chinos. Entre los egipcios, están los primeros viajeros de que se tenga noticia: el faraón Djer (2.900 a.C.), Baurtet (2.360 a.C.) o Herkluf (2.250 a.C.). Entre los chinos, figuran, por ejemplo, Hsieh Ch'ing Kao, quien viajó por Europa entre 1783 y 1797; o Zheng He, el eunuco que supuestamante habría descubierto América alrededor de 1420, 70 años antes de Colón, teoría que Howgego modera. Se informa, claro, que el vikingo Leif Eriksson, hijo de Erik el Rojo, llegó a América 500 años antes de Colón, hacia el año 1000.
Por otro lado, se basa muy estrechamente en material escrito, descuidando tradiciones orales, como son, por ejemplo, las sagas islandesas sobre viajes a Groenlandia y Norteamérica, los recuentos del imperio Malí en el siglo XIII o las numerosas tradiciones polinesias.
En cuanto al factor religioso en los viajes, se habla de la labor misionera de los conquistadores y de las misiones de diversas órdenes religiosas en el mundo, pero no mucho de la peregrinación. Aparece el monje Rabban Bar Sauma quien partió desde China en 1278 en peregrinaje a Jerusalén (luego visitó al Papa en Roma y al rey Felipe el Hermoso en París), pero nada se dice de los cristianos que peregrinaban a Palestina en los siglos III y IV (Melito de Sardis, Egeria). O de los peregrinos rusos a Constantinopla en el siglo XII: Antonio de Novgorod o Ignacio de Smolensk. O de los peregrinos judíos a Jerusalén entre 1481 y 1523 (Volterra, Montagna, Bertinoro, Basola).
Howgego, razonablemente, no se preocupa de ciertas discusiones teóricas. Ni de las interpretaciones "poscoloniales" (propuestas por Edward Said, Mary Louise Pratt o Mary Campbell) que establecen relaciones entre las narraciones de viajes y los proyectos imperiales. Ni, según se deduce de su relato de la muerte de James Cook, de la "causa célebre" en que ella se transformó con el debate entre Marshall Sahlins y Gananath Obeyesekere: si el capitán fue o no identificado con un dios.
Chile está muy bien cubierto con todos los nombres pertinentes, aunque hay unas pocas omisiones entre los viajeros que publicaron en la década de 1820.